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10 de marzo de 2010

Artículo 8vo: Decile No al Racismo

Por Alejandro Motta Castro

“Invictus” el film dirigido por Clint Eastwood.

El 21 de marzo se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial. Ésta, como todas las efemérides, cumple con el propósito de no dejarnos olvidar personas, hechos o asuntos importantes.

El racismo es un prejuicio que no tiene fundamento científico alguno, dada la unidad del género humano. Se sabe que nuestra especie surgió en África, por lo tanto todos somos descendientes de negros. A lo largo de siglos y milenios, la humanidad se expandió por el mundo, adaptándose a diferentes circunstancias y ambientes, mutando el color de la piel, de los ojos, o las formas de algunas partes del cuerpo.

Los últimos siglos han sido propicios para el cruzamiento entre diferentes pueblos y grupos étnicos, en un proceso que tiende a acentuarse. Lo que nunca debió suceder es el avasallamiento de unos sobre otros, que ha tenido lugar en varias épocas, por ejemplo, la colonial.

Los estados deben proteger la diversidad cultural, para la preservación de las diferentes culturas y sus tradiciones, idiomas, religiones, destrezas, etc. En este aspecto hay gobiernos que tienen una gran deuda; tal es el caso de Chile, donde los Mapuches han sido seriamente maltratados, o Argentina, donde el monocultivo de soja se lleva por delante al campesinado indígena.

La batalla contra el racismo ha sido librada por grandes hombres y mujeres. Recordemos especialmente a Nelson Mandela, de cuya liberación –tras casi treinta años de cárcel- se cumplieron dos décadas en febrero. Estos hechos son recordados en la recientemente estrenada película “Invictus”, dirigida por Clint Eastwood y con la actuación estelar de Morgan Freeman encarnando al primer presidente negro de la República de Sudáfrica.

El verbo “discriminar” significa: “Dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etc.” (DRAE). Pensemos seriamente en esta sencilla definición. A veces creemos que no discriminamos, por el simple hecho de no faltarle el respeto a alguien. Pero dar un trato de igualdad, implica mucho más. Es ir contra la corriente muchas veces; por eso no basta con decir “no soy racista”, “yo no discrimino”; necesitamos asumir la valiente postura de ser decididamente antirracistas y anti-discriminatorios. Para que no nos arrastre la corriente.

20 de febrero de 2010

Artículo 8vo: Méritos y Merecimientos

Por Alejandro Motta Castro

Como todos saben, no es la nuestra una sociedad meritocrática.
Basta con mirar la política. Frente a la reticencia de los organismos partidarios a reconocer el mérito femenino, hubo que hacer una ley de cuotificación política.
Cuando se habla de posibles candidaturas, siempre se maneja nombres de “los posibles candidatos”. Y se barajan nombres de hombres. Las mujeres, descartadas de plano.
En muchos caos es posible que no se promueva candidaturas femeninas para no arriesgarse a ir contra una cultura patriarcal muy arraigada.
Pero yo no quería hacer un artículo feminista (que no estaría mal; al fin y al cabo todos somos hijos de madre).

Quería hacer referencia a la cita que encabeza este espacio que ocasionalmente usufructúo. Se trata de uno de los primeros artículos de nuestra Constitución, donde se establece que lo único que distinguirá a las personas serán sus talentos y virtudes.

Cierta vez escuché a alguien cuestionar el citado artículo. Eran Juan Andrés Ramírez, en un meritorio programa radial que ya no se emite más. Decía que le parecía injusto que se distinguiera a las personas por sus talentos y virtudes, ya que esto excluye a quienes no poseen dichas cualidades.

El razonamiento de Ramírez, parte del supuesto de que con las aptitudes se nace, algo muy discutido. Yo creo que el talento es un don, un regalo de la naturaleza, pero quien lo tiene, debe pulirlo a fuerza de disciplina y constancia, para lograr la virtud.
La calidad humana, intelectual, artística o deportiva, deben gratificarse no por una cuestión de privilegio, sino para fomentar que quienes las poseen las multipliquen en función del progreso. Las personas virtuosas son ejemplos inspiradores para todos, y la sociedad debe proporcionar oportunidades para que cada uno se perfeccione en lo que es bueno.

Y estas oportunidades deben darse en el ámbito educativo, que debe ser exigente y segmentado según las inclinaciones de los sujetos, y también en el ámbito laboral, algo que no es posible cuando las empresas son meros centros de intercambio de fuerza laboral por salario.